Cerrábamos la primera parte del artículo diciendo que a menudo atendemos los problemas pero no el sistema en que están inscritos. Y con una mentalidad mecanicista, damos por hecho que, si los planteamos bien y usamos los instrumentos adecuados, la solución estará garantizada.
Y el caso es que hoy nos enfrentamos con problemas cuya solución depende de quién y cómo participa, tanto en su definición como en su enfoque o en el proceso de resolverlos. Problemas que, por eso mismo, tienen o pueden tener varias soluciones plausibles y no totalmente satisfactorias si solo se tiene en cuenta uno de los distintos parámetros o actores involucrados.
Porque solo con los datos no definiremos ni resolveremos bien los grandes problemas. Sin informaciones adecuadas, tampoco. Porque en la definición y en la solución de los problemas que deberemos afrontar en los próximos años serán tan relevantes los datos como los valores en los que los inscribiremos, el sentido que querremos conferirles, el propósito que nos orientará o el horizonte hacia el cual nos proyectará. Hoy, los problemas requieren una combinación de cálculos y razones, y calcular sin razonar o razonar sin calcular es llevar las cosas por el mal camino y la mejor garantía de entrar en un círculo de salida más que dudosa. Lo que nos lleva al último punto: creer que resolver un problema es ponerle fin. Esto no tiene nada que ver con la sensación que tenemos a veces –con razón, debemos añadir– de que los problemas se eternizan, porque es exactamente lo contrario: se eternizan porque solo los consideramos resueltos si desaparecen. La tentación de cortar el nudo gordiano, de hacer simple lo que es complejo, nos abocará a la catástrofe. Algunos problemas no son meras piezas separadas e inconexas que vamos dejando atrás, sino componentes de procesos vitales en los que estamos involucrados los humanos, tanto individualmente como colectivamente. Los problemas a los que nos deberemos enfrentar sucederán en un contexto y en el seno de un sistema, y conectarán con dimensiones, parámetros y retos humanos estructurales y estructuradores. Abstraerlos del contexto y del sistema en que se producen es la mejor forma de confundir ser un experto con ser un tragavirotes y de ir directos al desastre. Olvidar que en estos problemas complejos existen componentes que conectan con ciertas cuestiones antropológicas nos impide entender que también estamos hablando de procesos persistentes, propios de la condición humana. Habrá problemas con los que deberemos aprender a convivir, porque, en último término, lo que pondrán de relieve es que estaremos aprendiendo a ser más humanos, cosa que no simplemente consiste en quitarnos problemas de encima.
A diferencia de lo que aprendimos en el colegio, los problemas prácticos que tenemos delante son también problemas de conciencia, de lucidez mental, de sentido. Einstein dijo que ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia en el que ha sido creado. Beck ya avisó del riesgo de vivir atrapados por conceptos zombis que solo (per)viven en nuestra cabeza y manteniéndonos prisioneros de un bucle mental que es pura repetición mecánica de mentalidades del pasado. Pero seguimos empeñados en reproducir formas de pensar y de proceder propias de una época que ya no existe simplemente porque en otros tiempos fueron útiles para resolver los problemas a las personas que les tocó vivirlos. ¿Y si consideráramos la posibilidad de que tenemos un problema previo a los problemas? Un problema que es nuestro: de conciencia, mentalidad y actitudes.
Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano
(Artículo publicado en El Punt/Avui, 24 de febrero de 2012)


