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Liderazgo al límite

“Estoy vacío y necesito llenarme de nuevo.” Ésta es la frase con que Pep Guardiola justificó su marcha del club. Tiene mucho sentido. Y también corrobora la decisión que tomó anteriormente otro gran profesional como Ferran Adrià. Ambos habían liderado un proyecto y un equipo (el Barça y el Bulli). Ambos habían llegado a lo más alto y habían logrado el reconocimiento local e internacional. Ambos habían trabajado al límite, ofreciendo lo mejor de sí mismos. Y ambos han sido suficientemente honestos para darse cuenta de que, probablemente, habían llegado al umbral de lo que les había hecho únicos, originales, auténticos, fieles a una idea y a un sueño. Seguramente, la derrota en la semifinal contra el Chelsea es la mejor expresión de lo que intento explicar. Ferran Soriano tuvo el acierto de escribir un libro titulado La pelota no entra por azar. Él se refería a las claves del éxito de la gestión realmente profesionalizada de un club deportivo de primer nivel. Yo, en cambio, me refiero a la conexión invisible entre la pérdida de swing del entrenador y las derrotas aparentemente inexplicables de su equipo: el penalti fallado, la pelota en el poste, la falta de ritmo de los jugadores, etc. Si no somos capaces de entender el hilo conductor existente entre el estado interior de los líderes y la evolución (y, finalmente, los resultados) de sus equipos y organizaciones, no entenderemos nada del liderazgo.

Pep Guardiola y Ferran Adrià lo han entendido. Llega un momento en que uno tiene que detenerse, renovar el propósito vital que nos mueve y regenerar la fuente interna de la que emana la energía. Aquella energía transformadora que se contagia positivamente a los demás, que los demás piden constantemente a los líderes porque notan que la tienen y que, al compartirla, les ayuda a crecer y a ser mejores. La mayor tentación y, a menudo, la más destructiva de los líderes es la de no querer abandonar nunca el lugar al que llegaron. Es comprensible. En el mejor de los casos, uno siempre cree que puede alcanzar un objetivo o un hito más grande, si cabe. En la peor de las situaciones, uno se aferra al cargo por vanidad o por inflamación del ego. El precio que se paga es el del desgaste, la repetición, el vacío y, finalmente, la parálisis. Ni Guardiola ni Adrià pueden seguir haciendo lo que hacen si no son capaces de volver a conectar con el sentido vital que les ha motivado en sus respectivos caminos. Tienen que volver a beber de aquella fuente que les hace sentir ilusión por preparar un nuevo partido o una nueva receta. En el lenguaje popular, este tipo de kit o de pausa energética se llama cargar las pilas. Somos como una batería descargada que, debido al desgaste, necesita enchufarse de nuevo a una fuente exterior suministradora de energía.

Esta especie de recarga suele ser física (alimentarse bien, pasear, hacer deporte, ir al gimnasio), intelectual o cultural (estudiar, leer, formarse, ir a un concierto), relacional (quedar con los amigos, salir con la pareja, reunirse con la familia, jugar, conectar con la naturaleza) o transcendente (mediante la práctica religiosa o la oración). Como en la serie de televisión y en las películas Expediente X, en todos estos casos la energía está ahí fuera; sólo hay que ir a buscarla, conectarse a ella y dejarse cargar.

Sin embargo, en el ejercicio y en la continuación del liderazgo, además de la estrategia de cargar las pilas, cabe también la posibilidad de prepararse para ser una dinamo, es decir, un autogenerador de energía, o, haciendo una versión más moderna de la metáfora, aplicar a nuestra acción un mecanismo de energía renovable. Este procedimiento implica disponer de una fuente energética virtualmente inagotable o bien ser capaces de regenerarnos por nuestros propios medios naturales. En comparación con la acción de cargar las pilas, la estrategia de la dinamo no es relacional ni trascendente. Es inmanente. Se desarrolla en el interior de la persona. La fuente de conexión es uno mismo. De hecho, nuestro cuerpo y nuestro cerebro están autoprogramados para hacer algunas de estas tareas diariamente (a través del descanso reparador o del sueño). Pero se limitan al nivel básico de autorrenovación. Las personas, y especialmente los líderes, pueden elaborar vías de regeneración más profundas. Pero eso requiere un aprendizaje, una práctica continuada y tiempo.

Cuando cargamos las pilas, la energía nos la dan o nos la transmiten. También, en algunos casos, la tomamos, se la quitamos a los demás. Cuando hacemos de dinamo, desarrollamos una fuente de energía alternativa, que puede suplir o complementar a las demás. No estoy afirmando, en ningún caso, que una sea mejor que otra. Pero lo cierto es que, en casos como los de Pep Guardiola o Ferran Adrià, la fuente de renovación energética no puede ser sólo la de cargarse las pilas. Para dar lo que ellos han dado, hay que trabajar a fondo la vida interior. Hay que renovar el propósito; uno tiene que llegar hasta su yo más profundo, hasta los fundamentos. La vida interior tiene que ver con nuestra capacidad de atención y de presencia, de estar viviendo cada situación de una manera plena. El trabajo de la vida interior aporta equilibrio y fortaleza. De aquí emana la tensión inspiradora del liderazgo, la que permite a los líderes (re)encontrar el punto de adecuación con la realidad. Guardiola ahora pide esto. Pero, para liderar al límite, no le bastará con cargar las pilas. Necesitará activar la dinamo. Contra toda evidencia, la puerta del cielo se abre por dentro.

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario ARA, 2 de mayo de 2012)

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