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Discursos que han hecho historia: “Sangre, sudor y lágrimas”

Hoy os ofrecemos el último post de la serie de artículos publicados en la sección Discursos que han Hecho historia del diario Cinco Días. En esta ocasión os dejamos el discurso que pronunció Winston Churchill el 13 de mayo de 1940: Sangre, sudor y lágrimas.

Puede leer el discurso entero aquí ya continuación se encuentra el comentario de Carlos Losada, profesor titular del Departamento de Dirección General y Estrategia de ESADE.

El buen liderazgo: desde la honestidad y con una razón de ser

En 1940, Winston Churchill se dirigió al conjunto del parlamento británico para pedir su apoyo para el gobierno que le acababa de encargar formar el rey Eduardo VIII. La situación no podía ser más complicada. La agresión del nazismo era ya una realidad palpable. Militarmente la amenaza no podía ser mayor, y se conocía ya bien el “modelo social ario” que proponía Hitler. Las barbaridades y atrocidades que se cometían contra las personas dentro y fuera de Alemania, las políticas del gobierno nazi hacia minorías como la judía, gitana,  o simplemente contra aquellos que políticamente se oponían al régimen (comunistas, socialdemócratas…) era ya algo tremendamente conocido por el conjunto de la sociedad británica. Sabía el riesgo que tenía delante. Y se conocía el tamaño de la amenaza de Hungría a Portugal, y de Noruega a Sicilia: la presencia nazi era palmaria.

Asimismo, la masacre de la guerra era una realidad cotidiana. Inglaterra se encontraba en un momento crítico. Hasta ese momento había perdido todas sus batallas. Todos los ciudadanos británicos sabían que no se estaban jugando una colonia u otra, sino prácticamente la supervivencia del modelo británico de ciudadanía y de relaciones entre los ciudadanos, y los derechos fundamentales propios de una democracia, así como el propio proyecto de país. El riesgo de colapso del centenario Imperio Británico era evidente. El estado de ánimo era extraordinariamente bajo, delicado, con un futuro oscuro. Y el país no estaba unido. Seguía habiendo una corriente importante de pactistas, favorables a un acuerdo con la Alemania nazi. La URSS lo había hecho meses atrás. Era un momento en el que la gente buscaba dirección y alguien en que confiar.

Winston Churchill fue capaz de diagnosticar perfectamente el estado de sus conciudadanos, y supo conectar con ellos desde la honestidad más profunda: un diagnóstico no disimulado, un camino dificilísimo y un éxito que no podía ser prometido. Sólo realismo y una razón de ser por la que valía la pena pasar las mayores calamidades humanas. También fue fiel a sí mismo, dejando a un lado gran parte de sus políticas partidistas, y sintiéndose realmente responsable del conjunto de la nación. En ese entorno y de una manera solemne, Churchill pide el apoyo de los representantes de los ciudadanos y les promete tan sólo, como antes había prometido a aquellos que se habían unido a su Gobierno: “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (“blood, toil, tears and sweat)”. Cada palabra era conocida en primera persona por sus conciudadanos.

Esa expresión les tocó el corazón, por ser real, por saber que no estaba engañando a nadie y que era honesto con ellos. Pero el discurso no acabó ahí. Sus últimos párrafos tienen que ver con una llamada a una causa, un “para qué”. La posibilidad de sobrevenir la catástrofe, que en aquel momento no era evidente. Era un entorno donde no se podía prometer más que extraordinarios -casi sobrehumanos- esfuerzos.

Nos encontramos ante el claro ejemplo de un gran líder que es capaz de captar la situación en la que vive la gente, con honestidad y realismo y que, a la vez, es capaz de movilizar lo  mejor de las personas hacia un proyecto compartido, sin prometer lo que no es posible. Muchos son los estudios de liderazgo que dicen que no hay liderazgo sin ese contacto con la realidad, sin esa capacidad de conectar con lo real; por eso siempre se dice que el liderazgo es contextual. Pero no sólo es adaptarse a la situación, sino que desde el realismo plausible se trata de conectar con una verdadera razón de ser.  Esta es, a mi modo de ver, la grandeza de Churchill y su liderazgo: honestidad y dar una razón de ser.

Todo ello es fácil de decir pero, evidentemente, difícil de hacer porque un liderazgo así involucra a toda la persona: a sus aspiraciones y ambiciones, a su manera cómo entiende la vida y como entiende la suya. No es algo añadido de la profesión, sino personal. Churchill en su discurso nos evidencia que cuando se lidera es la propia persona (no sólo el rol, la función o la profesión) lo que se pone en juego.

Decía un filósofo alemán de finales del siglo XIX que quien tiene un “para qué” aguanta muchos “cómos”. Me temo que muchos liderazgos hoy son tóxicos, negativos o de baja calidad, por la falta de honestidad y de un “para qué” que valga al menos el esfuerzo que se pide.

Carlos Losada

(Artículo publicado en el diario Cinco Días, 2 de septiembre de 2013)

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