Posts con el tag ‘Liderazgo y país’

VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet (15)

En la VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet, Javier Solana, Director de ESADEGeo, presentó la ponencia Un mundo en transformación. Como siempre, podeis seguir el vídeo de esta participación en ESADE.tv o en la propia web de la Cátedra.

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VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet (13)

Continuando con el ciclo de conferencias de la VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet, y referente al debate sobre La transformación adaptativa de los países, os presentamos la participación de Antonio Garrigues Walker, presidente de GARRIGUES. Como siempre, podeis seguir el vídeo en ESADE.tv o en la propia web de la Cátedra.

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Valores en una sociedad pluralista

Hoy en día, si no hablas a menudo de valores (y, sobre todo, de su crisis) no eres nadie. Sería conveniente empezar a reconocer que es imposible hablar de valores hablando sólo de valores, o mirando definiciones en el diccionario. Los valores remiten a formas de vida: sólo entenderemos los valores atendiendo a las formas de vida que amparan, y no a qué dice el diccionario. Sólo así podremos decir que los valores enmarcan, orientan y potencian nuestra propia vida.

cc IGNOT

Vivimos en un contexto de cambio, innovación, movilidad e interdependencia. Nuestras coordenadas se han vuelto blandas como los relojes de Dalí. Nuestro tiempo ha dejado de ser analógico y ha pasado a ser digital. Nuestra atención se ha dispersado en varias pantallas a la vez. Y, claro, al final ya no sabemos dónde estamos. Transmitir valores es transmitir formas de vida (maneras de hacer, maneras de sentir y de interpretar, maneras de ver y de vivir). Pero que los valores sitúen y orienten no quiere decir que nos tengamos que dedicar a enunciarlos y repetirlos. Lo que nos permitirá situarnos y orientarnos en el mundo creíblemente es nuestra calidad personal, que es la que acoge y engendra valores. Por ello, formar en valores hoy significa favorecer una experiencia de crecimiento personal en calidad humana.

Antes, nuestro compromiso y nuestra responsabilidad consistían en la aceptación o el rechazo de un paquete normativo que la sociedad y sus instituciones nos presentaban en nombre de unos valores, que nos daban identidad. Hoy nuestro compromiso y responsabilidad consisten en ir recreando y discerniendo formas de vida desde nuestra libertad responsable, desde la cual nos identificamos y con la que identificamos nuestros valores de referencia. Por ello, en el contexto actual, la pregunta clave no es qué valores se deben transmitir, sino cómo se aprenden los valores. Debemos pasar de centrarnos sólo en la transferencia de contenidos a la generación de procesos de crecimiento y maduración. Y estos procesos no pueden ser sólo de socialización, sino que deben ser también de personalización.

Más que crisis de valores, pues, lo que hay es una pluralización de los valores, que ya no se sostienen en la fuerza, el poder, la autoridad, la jerarquía o la tradición. Esta pluralización es lo que es vivido subjetivamente como crisis, sobre todo por parte de quienes identifican los valores con un paquete normativo rígido y cerrado. Un cierto pluralismo ha pasado a ser el marco de referencia de la configuración de los valores personales y sociales en nuestras democracias avanzadas. Pero el pluralismo no consiste en la mera coexistencia de personas que viven y ven la vida de diferentes maneras, sino que –para bien o para mal– es un hecho que se ha convertido en valor y en un valor supremo: el valor que ordena la diversidad de valores. El valor del pluralismo (y otros valores procedimentales) es el valor que podemos compartir cuando reconocemos que no compartimos o no estamos obligados a compartir todos los valores sustantivos.

Como hemos mostrado en el libro Valores blandos en tiempos duros, el pluralismo es un factor que favorece el proceso de individualización, porque por sí mismo cuestiona la absolutización de la validez de cualquier patrón de vida normativo. Pero no necesariamente favorece un proceso de personalización. Por eso el pluralismo pone también a prueba nuestra autenticidad, porque nos interpela a ser coherentes con los valores elegidos y con el estilo de vida que deriva de ellos. Pone a prueba la calidad de los valores elegidos y la calidad de los sujetos que los formulan. Es decir, pone a prueba la calidad de nuestro proyecto de vida.

Evidentemente, podemos evitar hacer frente al reto del pluralismo en los valores por medio de sucedáneos. Mencionamos tres. El pragmatismo de ir tirando, el cinismo de quien circula a toda velocidad del pluralismo al todo vale, o el fundamentalismo de quien en lugar de encontrar su lugar en el mundo querría que todo el mundo fuera como su lugar. ¿Qué querrá decir, pues, ser una persona moralmente educada en una sociedad pluralista? Como mínimo se debe tener en cuenta la integración vivida entre la formación de la personalidad; la capacidad de aprender, socializarse y de relacionarse; el desarrollo de la sensibilidad la capacidad de comprender la existencia; la apertura a la dimensión reflexiva y contemplativa y la  disponibilidad al silencioy el arraigo interior.

Y aquí “tener en cuenta” significa trabajar y desarrollar estos ámbitos vitales. Después de todo, lo que concreta cuál es nuestro lugar en el mundo es nuestro proyecto de vida, que es lo que da sentido y contenido a los valores  que proclamamos. Porque vivir no es navegar mentalmente entre posibilidades ni deleitarse en el disfrute emocional, sino arriesgarse a dar forma a alguna posibilidad. Tal vez incierta, aunque sea por el simple hecho de que podría haber otras. Pero alguna debe haber, si no queremos pasar por la vida sin que la vida pase por nosotros.  Y hay que decir que lo que define y da calidad a un proyecto son los valores que asumimos como propios y con los que nos identificamos. Un proyecto es más –¡mucho más!– que tener objetivos y estrategias.

Un proyecto da respuesta, simultáneamente, a dos preguntas: ¿en qué mundo quiero vivir? y ¿cómo quiero vivir en el mundo? Una respuesta que debe ser necesariamente personal, pero que sólo se puede construir en diálogo con los demás y mediante compromisos compartidos.

Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano

(Articulo publicado en La Vanguardia, 4 de enero de 2013)

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¿La mayoría silenciosa?

A raíz de la Diada del Onze de Setembre en Barcelona y de las movilizaciones sociales de protesta para rodear el Congreso de los Diputados, han aparecido, tanto en España como en Catalunya, comentarios diversos comparando la representatividad de los manifestantes con la de una supuesta “mayoría silenciosa” que no se manifiesta (Rajoy). Alicia Sánchez-Camacho se ha referido, por ejemplo, a “la mayoría de los catalanes; una mayoría silenciosa, que no sale a la calle a manifestarse, y a la que el Govern de la Generalitat parece despreciar”. En ambos casos, los líderes del PP parecen querer comparar los gritos de una minoría ruidosa con las ideas, sentimientos y acciones supuestamente homogéneos y constructivos de todos “los demás”. Este argumento comete al menos tres trampas. La primera, considerar una minoría al millón y medio de catalanes que se manifestaron pacíficamente por las calles. La segunda, atribuir voz, cuerpo y voluntad únicos a miles de ciudadanos anónimos y fragmentados. Y tercera, identificar a esa falsa mayoría con el credo ideológico de quienes la evocan. Sin embargo, los líderes del PP puede que acierten en ver que el futuro de Catalunya va a depender en buena medida de lo que decidan esos millones de catalanes.

cc Ferran Nadeu

Hay al menos dos vías posibles de aproximarse al análisis de esa masa de posibles votantes. Una procede de las teorías sobre el papel de los seguidores en el liderazgo (B. Kellerman, 2008). La otra, algo más clásica, proviene de la sociología de la difusión y adopción de innovaciones (E. Rogers, 1962). Ambas se plantean cómo entre los miembros de un sistema social se transmiten nuevas ideas y se consigue que se impongan. Y ambas tienen puntos de coincidencia notables. Kellerman distingue cinco tipos de seguidores. Los aislados: desinformados, desinteresados y desmotivados. No tienen relación alguna con sus líderes. Guardan silencio porque están separados, y puesto que guardan silencio son ignorados. Los mirones, que observan pero no participan. Esta posición retirada equivale, en realidad, a un apoyo tácito a quien sea y a lo que sea que constituya el statu quo. Los participantes, comprometidos hasta cierto punto. Están claramente a favor de sus líderes, de los grupos y de las organizaciones a los que pertenecen, o están claramente en contra (si se sitúan en una posición alternativa). En ambos casos, se implican lo suficiente para intentar tener un impacto. Los activistas, que tienen unos sentimientos muy fuertes hacia sus líderes, y actúan de acuerdo con ello; trabajan intensamente para sus líderes o (si son contrarios) para socavarles, e incluso derribarles. Los incondicionales, profundamente entregados a sus líderes; o, en contraste, dispuestos a hacer abandonar sus puestos de poder, autoridad o influencia a sus adversarios de la manera más conveniente. Los seguidores incondicionales se definen por su entrega, que incluye su disposición a correr riesgos por una causa.

Rogers menciona también cinco tipos clave de individuos para poder comprender el éxito y la velocidad de divulgación, aceptación, incorporación e imitación de una nueva idea en la sociedad a través del papel de la influencia. Los denomina los innovadores (2,5%), los usuarios tempranos (13,5%), la primera mayoría (34%), la mayoría tardía (34%) y los más rezagados (16%).

En ambos casos, lo que se podría denominar “mayoría silenciosa” (aislados y mirones o tardíos y rezagados) cuenta inicialmente más bien poco, ya que su conducta es acomodaticia e irrelevante. Los que son decisivos en el impulso de los cambios son claramente los incondicionales y activistas y los innovadores y usuarios tempranos. Cuando dichas parejas se unen alcanzando una cierta masa crítica el cambio es posible y a veces imparable. La velocidad de adopción de la nueva causa es, por lo general, un buen indicio de su aceptabilidad. El proceso de decisión ante la posibilidad de aceptar una nueva causa o una innovación es fundamentalmente una actividad subjetiva de percepción, basada en el procesamiento de información y en una motivación individual para reducir la incertidumbre sobre las posibles ventajas o no de la propuesta. La nueva causa se impone socialmente si consigue vencer la incertidumbre. Por eso, los contrarios a la nueva causa acentúan la estrategia del miedo y sus consecuencias negativas.

Si nos fijamos en los índices cuantificados por Rogers, veremos que las mayorías tardías y los rezagados pueden llegar a representar hasta el 50% de una población.

En el contexto del debate actual en Catalunya, Alfred Bosch, en su libro I ara què? (2011) las denomina mayorías líquidas, porque son inciertas, fluctuantes, flexibles, poco ideologizadas. Si descontamos los partidarios del Estado propio (¿50%?) y los contrarios al mismo (¿un 30%?) tendremos una idea aproximada de su representación (sin descartar que algunos de ellos formen ya parte del 50% o del 30%). En primera instancia no son militantes de la causa soberanista (incluso pueden ser contrarios a ella) pero, en determinadas condiciones, podrían votar a su favor o bien no votar en su contra favoreciendo así el cambio. Es decir, podrían llegar a ser soberanistas pasivos, abstencionistas cómplices con el voto activo de los soberanistas. Es una mayoría que puede ser extensa, pero no intensa. Es, sin duda, en estos colectivos donde la propuesta de Estado propio se va a jugar su éxito o fracaso social. La clave, probablemente, estará aquí.

Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano

(Articulo publicado en el diario La Vanguardia, 15 de noviembre de 2012)

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