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VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet (16)

Como cada semana, os ofrecemos un nuevo video de la VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet. En esta ocasión se trata de la conferencia de José Antonio Marina, filósofo y pensador comprometido con la educación. Una vez más, podéis seguir el vídeo de esta participación en ESADE.tv o en la propia web de la Catedra.

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VII Jornada de reflexión y debate en Sant Benet (2): Transformados por la crisis

El 27 de septiembre, volveremos a reunirnos en el monasterio de Sant Benet con cerca de un centenar de líderes empresariales políticos y sociales para renovar juntos nuestro compromiso a favor de la mejora del ejercicio del liderazgo y de servicio al país. Aunque algunos crean lo contrario, el liderazgo no es como el legendario bálsamo de Fierabrás, una pócima curalotodo con la cual, como relata El Quijote, “no hay que tener temor a la muerte, ni pensar morir de ferida alguna“, ya que “con una sola gota se ahorrarán tiempo y medicinas“. Esta visión mágica del liderazgo puede ser hoy tan nefasta como las actitudes derrotistas o resignadas. El liderazgo –ejercido en todos los sectores y en todos los niveles–, si lo sabemos comprender, promover y ejercer, puede ser un proceso catalizador de nuestra energía creativa, incluso de aquella que desconocemos poseer. Pero no tiene un efecto milagroso que nos ahorre sacrificios, dedicación y empeño o que modifique, como por arte de magia, la realidad que nos ha tocado vivir.

Y nuestra realidad actual no es la de la “salida del túnel” o la de “brotes verdes” en el horizonte. Por vez primera en años, amplias capas medias de la población sienten en sus propias carnes las consecuencias del desempleo, la reducción del salario y el incremento de la desigualdad y de la inseguridad. Nuestras condiciones de vida han empeorado y nuestras perspectivas vitales (sueños, promesas, planes, ilusiones) se han visto frustradas. Emerge una nueva clase social, la del “precariado”, un amplio colectivo afectado por la precariedad en múltiples aspectos de su vida. Percibe esta precariedad en su empleo, en sus recursos, en su formación, en su vivienda, en su pensión, en su identidad profesional… (Conviene recordar aquella pancarta del 15-M: “Sin casa, sin curro, sin pensión, sin miedo.”) Y responde a las apelaciones de los líderes políticos con desconfianza, desafección, insatisfacción, malestar e indignación. Como declaraba Ivan Krastev, miembro del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, en febrero del 2010: “Somos testigos de un colapso de la confianza en las élites políticas y empresariales. La democracia ya no es una cuestión de confianza, sino más bien de gestión de la desconfianza.”

Monarch Butterfly – Chrysalis transformation (cc puuikibeach)

El primer deber de nuestros líderes hoy es, pues, intentar restaurar esta confianza con los ciudadanos. Y para ello hay que comenzar por explicar qué nos ha pasado, porque ya no resulta moralmente correcto seguir repitiendo la vieja frase de Ortega y Gasset en que afirmaba: “No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa.” ¿Puede ser eso todavía admisible hoy? ¿Nos podemos seguir columpiando en el “desnortamiento” y en la confusión? Una parte importantísima de la acción de liderar implica elaborar un diagnóstico ajustado de la realidad. Sin ese diagnóstico, algunos líderes corren el riesgo de sufrir visiones o alucinaciones –en lugar de tener una visión–, porque puede ser que aquello que propongan nada tenga que ver con lo que nos pasa. Cuando nuestros líderes niegan la realidad y su denominación (“no hay crisis”, “no habrá rescate”, “no habrá intervención”, “no necesitaremos ayuda”), e incluso la deforman o la alteran con cifras irreales sobre nuestra deuda, ¿cómo podremos creer en las propuestas que nos formulen, en su caso? El ejercicio creíble del liderazgo requiere, en la actualidad, emprender un conjunto importante de tareas que ya no admiten demora. Nuestros líderes tienen que hacerse cargo de la situación; tener claro el diagnóstico de lo que ha pasado, está pasando y pasará, y, desde ese escenario, evaluar nuestra solidez o nuestra debilidad estructural, nuestros límites y nuestras potencialidades, nuestra (in)solvencia y nuestras vulnerabilidades.

Hemos de atrevernos a reconocer nuestros propios errores (y no sólo los de los demás) y extraer enseñanzas de la crisis. Hemos de conocer, trabajar y conducir bien nuestras disposiciones emocionales y de ánimo: apatía, indignación, resignación, voluntad de superación y sacrificio, modestia y ponderación, etcétera. Conviene evitar los automatismos mentales del tipo “esto lo arreglamos entre todos”, “al final saldremos bien librados”, “otras veces lo hemos superado”, “Alemania o Europa no pueden permitirse un hundimiento”…

Hay que analizar y comprender la nueva etapa, asumiendo y explicando que “nada será igual”. Definir de nuevo nuestros propósitos y valores: colectivos, institucionales, corporativos, personales. Y hacerlo desde un sentido de urgencia y reacción que debe trasladarse a toda la sociedad. Habrá que acordar nuevos tipos de intervención y actitudes ajustadas al ámbito, la institución, la organización o la entidad en el que actuemos. Y, finalmente, tendremos que actuar, no quedarnos paralizados, ser capaces de tomar la iniciativa y adoptar decisiones.

La crisis, en definitiva, nos ha transformado. Hemos sido testigos de nuestros excesos y también de nuestras carencias y errores, y ahora hemos de decidir si queremos ser sujetos activos o pasivos de esta transformación. Pero, en toda crisis, hay también algo de destrucción creativa que, si se aprovecha bien, permite impulsar cambios y descubrir nuevas oportunidades. La esperanza no significa que todo vaya a salir bien, sino que con nuestro buen juicio y con nuestra contribución podremos volver a encontrar la buena vía. Eso es lo que vamos a dirimir en Món Sant Benet.

Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano

(Artículo publicado en La Vanguardia, 25 de septiembre de 2012)

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Domar la suerte

Llega el fin del año académico para muchos centros educativos y para muchos universitarios. Con él, también llega para algunos el final de los estudios: diplomatura, carrera, máster, doctorado, etc. Muchos de estos estudiantes empezaron la carrera todavía en plena euforia económica, financiera e inmobiliaria, y ahora la finalizan en plena crisis, con unas cifras de paro espeluznantes. El contexto no invita a tirar cohetes —¿justo ahora que llega San Juan?— y entre paro, recortes, hipotecas impagadas e indignación, alguien puede estar tentado de maldecir su mala suerte y mirar el futuro con pesimismo.

Quino

Este artículo quiere reivindicar todo lo contrario. Aunque sea de manera parcial, creo que tenemos la capacidad individual y colectiva de forjar o domar nuestra suerte, de demostrarnos que podemos ser conductores de nuestras vidas y que, sea lo que sea el destino, no lo aceptemos. Para que esto sea posible, no tenemos más remedio que comprometernos. Comprometernos con nuestra vida, con nuestro avenir, con nuestras decisiones y acciones, con la ocupación de nuestro tiempo, con nuestras causas y proyectos. El compromiso es una forma de decir que no aceptaremos el futuro pasivamente, sino que queremos ser agentes de nuestro propio tiempo. No solo intérpretes del futuro, sino forjadores de este. El compromiso es una forma de contribuir a la construcción y direccionalidad de aquello en lo que se convertirá la realidad. No existe proyecto vital ni nacional sin compromiso. Por lo tanto, el compromiso es un acto creador, implica una acción transformadora. El compromiso transforma el futuro en objeto de acción, aspira a dar forma al tiempo. En cierto modo, los comprometidos se vuelven gobernantes de (su) tiempo.

¿La indignación es una forma de compromiso? No. Es tan solo una condición que lo puede propiciar. La indignación, por lo menos en su primera etapa, es puramente reactiva y, como hemos visto en el Parque de la Ciutadella, a veces corrosiva o destructiva. El compromiso presupone una obligatoriedad duradera y una afectación personal o colectiva alta; en cambio, la indignación es transitoria y, como mucho, implica una responsabilización débil. En el compromiso ponemos en juego una parte relevante de nuestra vida, porque la orientamos hacia la consecución de un proyecto. La indignación, en cambio, es un estallido emocional pasajero y ciego. La indignación juega a la contra y, por lo tanto, no hace vibrar. Los antifranceses tuvieron que cambiarse el nombre y llamarse alter, aunque todavía nadie sabe demasiado bien en qué consistía ese “otro” mundo…

Ahora bien, vale más la indignación que nada. Las verdaderas versiones opuestas del compromiso para domar la suerte las encontramos hoy en el fatalismo (“no hay nada que hacer”), el pesimismo (“nos haremos daño”, “todavía será peor”) y el conformismo (“aceptamos las cosas tal como vienen”, “resignémonos”). Aún existe una cuarta versión negativa, seguramente, la peor: es la de la cobardía, a menudo envuelta en ironía. En un magnífico chiste de Quino, el protagonista, un indeciso, dice: “He decidido afrontar la realidad. Así que, apenas se ponga linda, me avisan.” Como en este chiste, es posible que muchos catalanes esperen que la realidad “se ponga linda”. Pero no funciona así. Lo que llamamos “la realidad” depende solo de nosotros, de nuestras intenciones, decisiones y actuaciones.

Por eso, una de las muchas consecuencias derivadas del compromiso es la transmisión de entusiasmo, porque quien se compromete con la (su) realidad transmite, lo quiera o no, la esperanza de transformarla y mejorarla. En un reciente libro de homenaje a Jaume Vicens Vives, una de sus antiguas discípulas, Rosa Ortega Canadell, dice: “El entusiasmo y la capacidad de trabajo del doctor Vicens eran contagiosos… Vuelvo a sentir el entusiasmo que nos contagiaba por el documento, el dato, la estadística, por el trabajo bien hecho”. En ausencia de compromiso y entusiasmo, lo que queda es vacío. Josep Pla relataba así, en el año 1962, la desaparición de Vicens: “Su muerte ha sido la más devastadora que el país ha sufrido en los años que vamos, mediocremente, viviendo.” Vicens no se conformó, ni se resignó ni se acobardó. Sin compromiso, la vida es mediocre y, la realidad, ajena. ¿Hay alguien que aún dude de que la puerta de entrada al liderazgo es el compromiso?

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario ARA, 19 de junio de 2011)

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