Mafalda y Manolito en la política

Hay dos personajes entrañables del humorista gráfico Quino que seguro que recordarán. Son Mafalda y su amigo Manolito. Ambos reflejan opciones vitales radicalmente diferentes e incluso opuestas. Mafalda representa el idealismo, el inconformismo, el rechazo a la injusticia, a la guerra, a las armas nucleares, al hambre, al racismo, etc. Quino la presenta como una defensora de la paz, los derechos humanos y la democracia; una niña que incomoda frecuentemente a los adultos con sus preguntas impertinentes y desinhibidas sobre los convencionalismos sociales y las contradicciones de la conducción política del mundo.

Por el contrario, Manolito, hijo de un comerciante de barrio, encarna las ideas capitalistas y conservadoras. Es ambicioso, práctico, realista, materialista, trabajador y un hábil contable. Ayuda a la venta y distribución de mercancías en el almacén de su padre y está al corriente de todas las operaciones de entrada y salida de dinero de la tienda. Siempre con los pies en el suelo, no tiene fantasía ni imaginación, pero sabe lo que quiere realmente en la vida. Su principal aspiración es convertirse en un importante ejecutivo dueño de una cadena de supermercados y enviar a Rockefeller a la quiebra. Demuestra siempre un gran oportunismo comercial (vende a sus amigos golosinas a crédito, anotando los intereses en su libretita; inventa maneras de hacer publicidad del almacén de su padre) y detecta cualquier oportunidad financiera y de negocios que se le presente. Hay algunas frases memorables de su repertorio: “¿Cómo puede saber alguien si algo es bonito si no sabe cuánto cuesta?”, O bien: “No, claro que el dinero no lo es todo… también están los cheques”.

Mafalda y Manolito son como la cara y la cruz y, sin embargo, son amigos. Abusando de la imagen, incluso podríamos decir que se complementan, ya que las dos visiones aportan un punto de vista diferente y necesario sobre el conocimiento y la manera de acercarse a la realidad.

En mi opinión, ambas figuras también están presentes en el mundo de la política. Hay líderes que apelan a los principios y tienen capacidad de transmitirlos y hay políticos que tienen ideas y capacidad de llevarlas a la práctica. Unos son idealistas, otros pragmáticos; unos se mueven por valores, los demás saben que deben gestionar intereses; unos predican, los otros intentan dar trigo; unos son los cuidadores de la pureza, los otros, de la eficacia; unos aspiran a defender el bien común, los otros aportan soluciones.

Como hemos podido comprobar durante el mandato de Obama, en las democracias actuales una de las principales dificultades del liderazgo consiste precisamente en saber unir promesas y realidades, proyectos y planes de realización, sueños y hechos. Esta dicotomía queda reflejada también en una especie de inevitable especialización de los políticos. Como indica Felipe González en su último libro, parece que algunos políticos tienen principios, pero no tienen ideas, otros poseen ideas, pero carecen de principios, y no escasean los que no tienen ni ideas ni principios. Finalmente, claro, hay también aquellos que tienen ideas y principios.

Esta clasificación, aunque sea muy esquemática, nos ayuda a comprender por qué es tan difícil que las expectativas del liderazgo político se cumplan. Es fácil tener la cabeza en las nubes como Mafalda, o los pies en el suelo como el Manolito; lo difícil es saber combinar las dos funciones aportando lo mejor de cada una. Desde el frente ideológico es relativamente fácil defender, por ejemplo, el principio de una escuela pública de calidad (y donde decimos escuela apunten, si quieren, sanidad, justicia, seguridad, administración, etc . ). Lo que es difícil es tener ideas y competencias de gestión para aportar soluciones y ofrecer respuestas a esta petición cuando los recursos (económicos y políticos) son escasos. Y, en sentido inverso, hay actitudes de políticos sin principios y sin escrúpulos que en aras de la eficacia, o de hacer caer el adversario, o de ganar votos, o de presentar un resultado ” brillante”, pueden saltarse cualquier valor, ideal o límite ético y lograr lo que buscaban. Los ejemplos y las combinaciones podrían seguir.

Necesitamos principios que movilicen a la gente hacia un ideal de vida en común, y necesitamos palabras para saber comunicarlos. Pero también necesitamos ideas y métodos de gestión próximos a los principios defendidos y que estas ideas puedan traducirse luego en hechos reales que mejoren nuestras vidas y nos acerquen al ideal compartido. Es decir, necesitamos convicción y capacidad de ejecución, compromiso con un proyecto y destreza para ponerlo en práctica. Y todo esto no lo necesitamos por separado, sino junto. Esta es la magia pero también la rareza del buen liderazgo .

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario Ara, 28 de enero de 2014 )

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