La trampa de la resignación

Útimament he podido asistir como invitado a diversos foros públicos formados por directivos de empresas y también por responsables de centros educativos, centros sanitarios y entidades del tercer sector. Siempre que puedo acepto con agrado estas invitaciones y tomo notas, sobre todo de los diálogos y las aportaciones de los asistentes. En mi caso, es una ocasión excepcional para aprender de los demás y para tomar el pulso de su estado de ánimo y del momento que viven sus organizaciones.

Los temas comunes sobre los que reflexionan actualmente estas entidades son la calidad y competencia de su liderazgo, la necesidad de renovar su compromiso institucional y, en algunos casos, la previsión de un relevo generacional que no suele ser fácil.

En el diálogo con los diversos participantes se ha ido repitiendo una misma cuestión que me ha inquietado sin saber inicialmente por qué, hasta que me he dado cuenta de que la razón era doble: primero, porque es transversal y generalizada en la mayoría de públicos y, segundo, porque sirve de coartada para justificar una inacción resignada o, si lo prefieren, una resignación que deriva en inactividad.

La cuestión es ésta: ¿cómo quieren que nos comprometamos y asumamos tareas de liderazgo si apenas podemos llegar a fin de mes y la crisis reduce de manera considerable nuestras oportunidades vitales? La pregunta, sin saber muy bien por qué, me ha ido resonando día tras día hasta que finalmente me activado un circuito neuronal que tenía dormido desde 2008. En efecto, durante un buen número de años correspondientes a la época loca de la construcción, la bolsa y las finanzas, muchos de los jóvenes que formaba en liderazgo acababan formulándome esta otra cuestión: ¿cómo quieren que nos comprometamos y asumamos tareas de liderazgo si lo tenemos todo sentenciado: autonomía, libertades, democracia, estado del bienestar pertenencia a la Unión Europea, prosperidad…? Rebelarnos, ¿contra qué ? ¿Qué trinchera, qué bandera hemos de defender? Protagonistas, ¿de qué? Responsabilizarnos, ¿de qué?

No puedo asegurar que ambas preguntas, la de antes de 2008 y la de ahora, las hayan formulado las mismas personas, pero en ambos casos la ausencia de compromiso y la imposibilidad del liderazgo se justifican por factores o razones de contexto, externos a la persona. Si el contexto es favorable, ¿por qué comprometerse? Y si el contexto es muy malo, ¿como nos hemos de comprometer con el chaparrón que nos está cayendo?

No creo que sean excusas de mal pagador, claro, porque la gente necesita un incentivo externo positivo, desafiante y potente que la movilice, y a menudo este incentivo, con el ruido de fondo y la intoxicación, no sabemos encontrarlo o nadie nos lo sabe transmitir. El compromiso y el liderazgo funcionan muchas veces por contagio, por un efecto llamada, cuando a nuestro alrededor hay gente con energía tractora, una fortaleza que empuja y aglutina la gente en un objetivo común. A menudo añoramos, buscamos y esperamos enchufar a esta fuente de energía que nos enrampa y nos arrastra.

Pero este tipo de inacción resignada creo que a veces también responde a una carencia interna nuestra, personal, derivada de la ausencia de autocentramiento (o conciencia plena) y de no trabajar lo suficiente los propósitos de nuestra acción profesional, comunitaria y social. El efecto llamada es externo y no siempre puede suplir la generación de una especie de fuego interior que nos conecte con nuestra vocación y nuestras competencias directivas, educativas, sanitarias o sociales. No son tiempos de resignación sino tiempo de transformación. Y, como decía el clásico, no hay error más grande que el de quien no hizo nada porque creía que sólo podía hacer algo.

Àngel Castiñeira

(Articulo publicado en el diario Ara,  10 de noviembre de 2013)

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