El estado de ánimo colectivo

En ocasiones, determinados acontecimientos inesperados activan o desencadenan en nosotros una respuesta emocional automática. Puede tratarse de ser emociones positivas, negativas, reactivas… En estos casos, los acontecimientos siempre preceden a las emociones. Y, normalmente, estas emociones remiten o desaparecen al desaparecer los factores que las han provocado.

Sin embargo, la persistencia en el tiempo de algunos sucesos importantes activa la continuidad de las emociones. Cuando ello ocurre, cuando determinadas emociones permanecen temporalmente en las personas, estas emociones se transforman en estados de ánimo y pasan a formar parte de su marco de conducta. Un estado de ánimo representa la congelación o perpetuación temporal de una vivencia emocional. Robert E. Thayer lo define como un sentimiento de fondo que persiste en el tiempo. Percibimos emociones, pero vivimos en estados de ánimo. Tenemos emociones, pero los estados de ánimo nos tienen a nosotros y se avanzan a nosotros. Generalmente, no somos capaces de considerar aisladamente nuestros estados de ánimo, sino que solemos identificarlos, confundirlos o mezclarlos con la forma con que se nos presenta el mundo.

cc FRANCESC MELCION

Propiamente, los estados de ánimo son constitutivos de la existencia humana y favorecen o dificultan nuestras posibilidades de acción (nuestros objetivos e hitos) y nuestra manera de actuar. En otras palabras, los sentimientos y los estados de ánimo influyen y, en algunos casos, determinan los procesos de eficiencia cognitiva, nuestra elaboración de juicios, los procesos racionales de elección y los niveles de rendimiento que logramos en nuestras acciones. Existe una relación clara de influencia entre los estados emocionales, los estados de ánimo y la acción (o inacción). En cierto sentido, pues, el mundo es también para nosotros un estado de ánimo, una precondición vital desde donde levanta la cabeza nuestro espíritu. Cuando cambiamos de estado de ánimo, el mundo cambia con él. Y puesto que no existe realidad alguna al margen de los sujetos, puesto que la realidad es siempre una construcción social, los estados de ánimo contribuyen a definir cómo nos situamos ante la realidad, cómo la vivimos y cómo la vemos. No estamos diciendo que la realidad tenga que confundirse con nuestro estado de ánimo (como sucede en determinadas psicopatologías), sino que el estado de ánimo es como una llave de entrada (mitad emoción, mitad juicio) a la realidad. Los estados de ánimo tiñen nuestras vivencias, a veces algunas, a veces todas.

Por tanto, los estados de ánimo son una forma concreta de abrirse o de cerrarse al futuro, puesto que enmarcan nuestras conductas y acciones, y connotan nuestro horizonte de posibilidades. Un determinado estado de ánimo implica un particular (pre)juicio o predisposición ante la realidad, que hace que nos comportemos conforme a sus parámetros. Y así se genera un círculo vicioso: los hechos preceden a las emociones, las cuales –si aquellos persisten–, a su vez, generan estados de ánimo. Pero, una vez fijado un estado de ánimo, precede y condiciona nuestra conducta y actuación, a veces incluso al margen de la presencia de los hechos iniciales que lo generaron.

Hay estados de ánimo que aportan ventajas a las personas, mientras que otros son disfuncionales y generan sufrimiento en sus vidas y relaciones. La iniciativa, la creatividad, el emprendimiento, la innovación, la colaboración, la cooperación, la laboriosidad, o sus opuestos, dependen, en buena medida, de los estados de ánimo organizativos y colectivos.

Los estados de ánimo son virales; se contagian. La causa de este contagio está relacionada con nuestra condición comunitaria. Somos seres sociales, no lobos esteparios. La estructura emocional de nuestro sistema límbico –una región cerebral– está formada por un circuito abierto que depende de fuentes externas para su funcionamiento. Nuestra estabilidad emocional no es autónoma ni cerrada, sino que depende de las conexiones que establecemos con otras personas. Por ello, los individuos y los grupos condicionan el estado de ánimo de las personas de forma similar a como una madre tranquiliza a su hijo. Nuestra regulación límbica es interpersonal, es decir, tenemos un cerebro social que actúa como un auténtico radar emocional, y ello explica que las señales que emite otro puedan alterar nuestros niveles hormonales o nuestra actividad cardiovascular, por ejemplo. Disponemos de un sistema de circuitos basado en neuronas espejo que se activan para comprender e imitar las acciones observadas en los demás. Ello favorece nuestras capacidades cognitivas, emocionales y sociales. La constante interacción humana facilita el reflejo emocional, el cual genera una auténtica sopa emocional, una especie de contagio que favorece la compenetración o sincronía a largo plazo del estado de ánimo colectivo. Existen auténticas reacciones emocionales en cadena que todos conocemos muy bien, como por ejemplo la risa contagiosa. Nuestro circuito abierto capta la risa y automáticamente la imita. Por este motivo, una señal emocional potente, emitida a un colectivo, puede llegar a generar una reacción en cadena, e incluso un auténtico secuestro emocional, es decir, la conjunción instantánea de numerosos sistemas límbicos. Este encaje límbico es prerracional y es la forma de comunicación más directa y básica entre los humanos.

Los líderes conocen esta capacidad y saben utilizarla, y se convierten así en imanes emocionales. Los buenos líderes, además, están auscultando constantemente los estados de ánimo colectivos.

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en Ara, 26 de marzo de 2013)

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