El PP después de Mariano Rajoy

No asume este artículo que Rajoy vaya a ser reemplazado por un presidente de un gabinete de concentración, ni siquiera que el PP vaya necesariamente a perder las próximas elecciones ─algo que sería, por otra parte, normal si la crisis se prolonga. Sí parto del supuesto de que el estilo de gestión de la crisis por Mariano Rajoy, sumado a su falta de capital político personal, que no compensa la mayoría absoluta, está llevando al vaciamiento doctrinal del PP, lo que provocará, a su vez, la pérdida de la hegemonía del ciclo conservador iniciada con José María Aznar, todavía vigente. Lo que es irónico, ya que fue este último el presidente más ideologizado de la democracia ─mucho más que Rodríguez Zapatero─ y quien designó a Mariano Rajoy, su sucesor, el que lo es menos.

Este vaciamiento se revela en que ya no hay diferencias programáticas sustanciales entre PP y PSOE. No existen, obviamente, en economía. Este dossier lo llevan las autoridades europeas. No las hay en la cuestión nacionalista, en la que el catalanismo ya ha ganado, con mérito táctico que será estudiado en las mejores facultades de Ciencias Políticas. Ni PP ni PSOE tienen fuerza o tiempo para impedir que los catalanes sean lo que decidan. Solo les podría quedar la táctica, tardía, de intentar dividir Catalunya en dos, de elevar los costes de un independentismo que está saliendo increíblemente gratis. Lo más probable es que Europa acabe decidiendo sobre Catalunya como lo hace sobre la economía. Hay solo diferencias marginales entre PP y PSOE ─aunque serán exageradas por motivos electorales─ en la cuestión religiosa (o educativa), en la que el PP ya no puede contar con el apoyo y las indicaciones de una jerarquía católica distraída en el espectáculo, tan romano, de estas semanas. Lo mismo se puede decir de temas socioculturales (como si una menor ha de preavisar a sus padres de un aborto o no, el matrimonio homosexual, etcétera). Está el PSOE despistado en estas cuestiones: piensa que la controversia mediática sobre estas le favorece cuando es al contrario; por aparecer prisionero de sus grupos más militantes, aparta de sí, todavía más, a la clase media, incluso a la obrera. En este terreno, Alberto Ruiz-Gallardón le está tendiendo trampas en las que el PSOE cae, inocente. Y, de paso, el ex alcalde de Madrid se legitima ante los suyos.

Quino

La única diferencia real entre ambos partidos es hoy sociológica, no ideológica: todavía hoy el PP ofrece unos cuadros de gobierno con más garantías que los del PSOE, que sigue sin atraer a las meritocracias administrativas y gerenciales.

Haría bien el PP en empezar a pensar a largo plazo. No hay dominio político a largo plazo sin dominio ideológico, el que está perdiendo. No es fácil. Al actual liderazgo no le queda tiempo de pensar en otra cosa que en la crisis. ¡Y es siempre tan difícil reconocer la propia obsolescencia, aunque no sea inmediata! El test de Mariano Rajoy no es la crisis ─ese es el test de Merkel. Su test empieza a ser ya el de la transición: cuál es el ideario del PP y quién lo encarna. Es, ya, su sucesión.

Todos los presidentes, menos uno, han suspendido el test de su sucesión, tanto en su componente personal como en el doctrinal. La UCD desapareció con la marcha de Suárez y Calvo-Sotelo. Felipe González dejó al PSOE descabezado y con el ideario socialdemócrata agotado. Rodríguez Zapatero, con la mitad de los votos y con su republicanismo cívico desacreditado. El único presidente que ha aprobado el test de la sucesión ha sido Aznar, quien, con genio político, logró, al retirarse en pleno éxito, prolongar el ciclo conservador más allá de su persona ─incluso perdiendo el gobierno. La mala suerte de José María Aznar hizo que su liderazgo personal tuviese un test de última hora, inesperado y trágico, el más duro de la democracia, el 11-M, que suspendió.

Solo uno de los dirigentes del PP es capaz de encarnar en su persona un liderazgo político a largo plazo y sostener un discurso conservador modulado. Solo uno puede ocupar el único espacio doctrinal viable para un partido como el PP hoy: pragmático en economía, conservador en lo cultural y liberal ma non troppo en lo social. Solo uno es un ganador electoral contrastado. Solo uno proyecta una voluntad de poder que va más allá de ser un alto funcionario en comisión de servicio en el Consejo de Ministros. Solo uno es vocacionalmente político, dispuesto, por llegar al poder, a pactar con el diablo, como decía Max Weber. No lo es Rajoy, ni Dolores de Cospedal, ni Sáenz de Santamaría, ni Núñez Feijóo. Y los restos del aznarismo más combativos, como Esperanza Aguirre, han quedado finalmente en líderes locales.

Este uno es Alberto Ruiz-Gallardón.

Es cierto que siempre hay una tensión latente en Ruiz-Gallardón que hace sospechar a algunos que sí, que realmente pacta con el diablo, que es verdad que nunca se ha enfrentado a un oponente de categoría, que es individualista, que su partido no lo ama, que nadie sabe cuáles son sus valores reales, que ha sido manirroto en sus administraciones, que ha estado ingenuamente protegido por los medios progresistas. Pero es un político. Y solo los políticos pueden iniciar y liderar ciclos hegemónicos, como el que está cerca de perder el Partido Popular.

José Luis Álvarez

(Artículo publicado en La Vanguardia, 2 de julio de 2012)

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