Domar la suerte

Llega el fin del año académico para muchos centros educativos y para muchos universitarios. Con él, también llega para algunos el final de los estudios: diplomatura, carrera, máster, doctorado, etc. Muchos de estos estudiantes empezaron la carrera todavía en plena euforia económica, financiera e inmobiliaria, y ahora la finalizan en plena crisis, con unas cifras de paro espeluznantes. El contexto no invita a tirar cohetes —¿justo ahora que llega San Juan?— y entre paro, recortes, hipotecas impagadas e indignación, alguien puede estar tentado de maldecir su mala suerte y mirar el futuro con pesimismo.

Quino

Este artículo quiere reivindicar todo lo contrario. Aunque sea de manera parcial, creo que tenemos la capacidad individual y colectiva de forjar o domar nuestra suerte, de demostrarnos que podemos ser conductores de nuestras vidas y que, sea lo que sea el destino, no lo aceptemos. Para que esto sea posible, no tenemos más remedio que comprometernos. Comprometernos con nuestra vida, con nuestro avenir, con nuestras decisiones y acciones, con la ocupación de nuestro tiempo, con nuestras causas y proyectos. El compromiso es una forma de decir que no aceptaremos el futuro pasivamente, sino que queremos ser agentes de nuestro propio tiempo. No solo intérpretes del futuro, sino forjadores de este. El compromiso es una forma de contribuir a la construcción y direccionalidad de aquello en lo que se convertirá la realidad. No existe proyecto vital ni nacional sin compromiso. Por lo tanto, el compromiso es un acto creador, implica una acción transformadora. El compromiso transforma el futuro en objeto de acción, aspira a dar forma al tiempo. En cierto modo, los comprometidos se vuelven gobernantes de (su) tiempo.

¿La indignación es una forma de compromiso? No. Es tan solo una condición que lo puede propiciar. La indignación, por lo menos en su primera etapa, es puramente reactiva y, como hemos visto en el Parque de la Ciutadella, a veces corrosiva o destructiva. El compromiso presupone una obligatoriedad duradera y una afectación personal o colectiva alta; en cambio, la indignación es transitoria y, como mucho, implica una responsabilización débil. En el compromiso ponemos en juego una parte relevante de nuestra vida, porque la orientamos hacia la consecución de un proyecto. La indignación, en cambio, es un estallido emocional pasajero y ciego. La indignación juega a la contra y, por lo tanto, no hace vibrar. Los antifranceses tuvieron que cambiarse el nombre y llamarse alter, aunque todavía nadie sabe demasiado bien en qué consistía ese “otro” mundo…

Ahora bien, vale más la indignación que nada. Las verdaderas versiones opuestas del compromiso para domar la suerte las encontramos hoy en el fatalismo (“no hay nada que hacer”), el pesimismo (“nos haremos daño”, “todavía será peor”) y el conformismo (“aceptamos las cosas tal como vienen”, “resignémonos”). Aún existe una cuarta versión negativa, seguramente, la peor: es la de la cobardía, a menudo envuelta en ironía. En un magnífico chiste de Quino, el protagonista, un indeciso, dice: “He decidido afrontar la realidad. Así que, apenas se ponga linda, me avisan.” Como en este chiste, es posible que muchos catalanes esperen que la realidad “se ponga linda”. Pero no funciona así. Lo que llamamos “la realidad” depende solo de nosotros, de nuestras intenciones, decisiones y actuaciones.

Por eso, una de las muchas consecuencias derivadas del compromiso es la transmisión de entusiasmo, porque quien se compromete con la (su) realidad transmite, lo quiera o no, la esperanza de transformarla y mejorarla. En un reciente libro de homenaje a Jaume Vicens Vives, una de sus antiguas discípulas, Rosa Ortega Canadell, dice: “El entusiasmo y la capacidad de trabajo del doctor Vicens eran contagiosos… Vuelvo a sentir el entusiasmo que nos contagiaba por el documento, el dato, la estadística, por el trabajo bien hecho”. En ausencia de compromiso y entusiasmo, lo que queda es vacío. Josep Pla relataba así, en el año 1962, la desaparición de Vicens: “Su muerte ha sido la más devastadora que el país ha sufrido en los años que vamos, mediocremente, viviendo.” Vicens no se conformó, ni se resignó ni se acobardó. Sin compromiso, la vida es mediocre y, la realidad, ajena. ¿Hay alguien que aún dude de que la puerta de entrada al liderazgo es el compromiso?

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario ARA, 19 de junio de 2011)

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