Ser director de un centro educativo

Acaba de finalizar el primer curso de formación de directores de centros educativos organizado en Cataluña con la colaboración del Departamento de Educación de la Generalitat, ESADE y la fundación Jesuïtes Educació. En medio de tantas restricciones, sentencias de los tribunales y desfallecimiento del mundo educativo catalán, este acontecimiento puede ser considerado una muy buena noticia, tanto porque se haya llevado a cabo como, sobre todo, por los resultados conseguidos.

Participaban en él directores y directoras de muy distintas procedencias, edades, experiencias, territorios y titularidades. Todo parecía indicar que el momento escogido y la mezcla de participantes augurarían, en el mejor de los casos, un ejercicio de autolamentación y, en el peor, un cóctel explosivo de reproches ideológicos sobre los modelos educativos y organizativos en danza. Pues bien, nada más lejos de la realidad. La experiencia ha sido altamente enriquecedora y, en un cierto sentido, fundacional, y ha generado altas dosis de motivación, ganas de participación, fortalecimiento de vínculos, mejora de competencias y un torrente de energía. Me atrevo a decir que este programa piloto, en condiciones normales, debería ser la promesa de continuidad y de normalización de la labor de profesionalización de la función directiva en los centros educativos y de la mejora del liderazgo educativo en Cataluña.

A la hora de afrontar la formación en la tarea de los directores de centros nos sobran la ignorancia y los prejuicios y nos falta construir más espacios de aprendizaje compartido que nos ayuden a saber dirigir equipos, ejercer el liderazgo pedagógico, evaluar resultados, mejorar la gestión del tiempo y de los recursos y evaluar el rendimiento de los centros y de sus miembros. Como decía Rosa Salavert, una de las profesoras del curso, el auténtico cambio empieza en el aula, y son los pequeños cambios los que acaban marcando la diferencia. Estos cambios visibles vienen precedidos, sin embargo, de algunos de invisibles relacionados con las percepciones y expectativas de los equipos de profesores. El liderazgo es, siempre, un proceso continuado de interacción entre una persona y un grupo a través de una visión que conlleva tanto la reestructuración de las percepciones y expectativas de todos los miembros como, finalmente, la modificación de sus comportamientos. El cambio de comportamiento y rendimiento se manifiesta en el aula, pero el cambio de percepción empieza antes, y esta es, justamente, una de las tareas fundamentales de los equipos de dirección.

Como decía la consellera Rigau en el acto de clausura, hoy nos es necesario aumentar la confianza en el mundo educativo y también, muy concretamente, en aquellas personas que deciden ponerse al frente de los centros. Ellos y ellas son los que pueden aportar un auténtico humanismo, una sensibilidad social frecuentemente olvidada y añadir valor a la gente a partir de la mejora en la formación y el servicio que dan. Tenemos por delante el reto de mejorar el éxito escolar. Los equipos directivos son los principales actores a la hora de transmitir mensajes que ayuden a ampliar las expectativas de mejora de los alumnos y, de rebote, la mejora de su rendimiento escolar. Hoy sabemos que podemos contribuir a la calidad educativa a través de las competencias adquiridas identificando las mejores estrategias. La formación directiva debe ir orientada hacia esta dirección.

En la entrega de diplomas del curso, uno podía percibir entre los participantes actitudes y sentimientos muchas veces perdidos: ilusión, gozo, satisfacción, optimismo, coraje. Había la sensación de haber compartido el mismo reto, independientemente del centro o la titularidad de procedencia, y de haber logrado una nueva identidad, la de vivir a partir de ahora de acuerdo con lo que eran: directivos. Lo recordaba un grupo de directores en la presentación de su proyecto final: el liderazgo (educativo) es una cuestión de cómo ser, y no solo de cómo hacer.

Interiorizar profesionalmente la tarea directiva implica modificar la mirada (“hacer de representante del centro frente a la Administración y de representante de la Administración frente al centro”), incorporar y ejercer un nuevo fajo de aprendizajes y redefinir los propósitos que guiarán la acción individual y colectiva. Esto quiere decir asumir íntimamente la responsabilidad de ejercer las competencias asumidas y confiadas y actuar en correspondencia.

En mi intervención final, el día antes de la clausura, recordé a todos los participantes dos mensajes sencillos. Los maestros en general, y los directores en particular, son portadores de antorchas y sembradores de estrellas. Al acabar los seis meses intensos de formación les estamos diciendo: “Toma el relevo, llévalo una parte del camino y después transmítelo, como mínimo, con el mismo nivel de ilusión y calidad con el que un día te lo dieron a ti. La antorcha, ahora, te toca llevarla a ti. Haz honor a tu compromiso. Y este compromiso te convertirá en sembrador de estrellas, aquel que, de manera a menudo silenciosa e invisible, transforma la realidad y la mejora.”

El segundo mensaje es de celebración y focalización. Al final de una aventura (trans)formativa, la pregunta inevitable es: ¿y ahora qué? Afortunadamente, el poeta Joan Maragall me sirvió de inspiración y de respuesta a la pregunta. “Gosa el moment; /gosa el moment que et convida, / i correràs alegre a tot combat: / un dia de vida es vida; / gosa el moment que t’ha sigut donat.” Con esta sensación combativa y de goce, creo, se acabó este primer curso de formación de directores de centros educativos.

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario ARA, 10 de marzo de 2012)

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