Eurovegas y los valores

Nos hallamos en la recta final de las negociaciones que decidirán qué ciudad, Madrid o Barcelona, ​​conseguirá el supermillonario contrato de construcción de un complejo de juego y ocio en el Estado. A estas alturas, la mayoría de los informes legales, urbanísticos, turísticos, económicos y financieros ya han sido emitidos por las instituciones pertinentes, y destacan, en cada caso, las oportunidades y los riesgos, los factores favorables o los efectos negativos que se derivarían de ello. En el caso catalán, como cabía esperar, la sociedad civil también se ha manifestado al respecto a través de artículos, declaraciones, entrevistas y opiniones en los distintos medios de comunicación. La ausencia más notable, sin embargo, ha sido la de la voz de los valores.

No es que los valores hablen por sí mismos, sino que las instituciones, las entidades y, en general, los ciudadanos a menudo incorporan, en sus criterios de elección o preferencia, la cuestión de los valores. En el caso catalán, además, hace poco menos de un año que la Generalitat creó el Plan Nacional de Valores, una iniciativa que reúne a un conjunto de voces representativas del país que intentan consensuar algunos valores claves que orienten la mayoría de las actuaciones de los catalanes. El plan Eurovegas era y es, en mi opinión, una oportunidad única para testar la validez o no de dicha iniciativa del Govern y, por extensión, hacer de los valores una herramienta útil –repito: útil– y no puramente retórica sobre la forma de proceder en el espacio público.

(cc) Allan McGregor

Pero, antes de proseguir, quisiera insistir en la primera cuestión que he planteado al comienzo de este artículo. Nos parece normal emitir y consultar informes técnicos (económicos, urbanísticos, logísticos, etc.) que sirvan de guía en la toma de decisiones políticas, pero todavía nos resulta extraña la presencia de informes valorativos sobre el modelo de vida pública o de comportamiento ciudadano que favoreceremos con nuestras decisiones. No sólo nos parece anómalo, sino que, en el caso de que estos informes existieran, proyectaríamos en ellos una carga de sospecha ideológica que no atribuimos a los demás. Sufrimos una especie de atávica prevención ante la cuestión de los valores (supongo que derivada del miedo –históricamente más que justificado– a la manipulación, al adoctrinamiento o a la pura propaganda) que, en cambio, está ausente ante los informes elaborados por ingenieros, arquitectos, militares, sociólogos o economistas, por poner algunos ejemplos. Como si esos informes fueran absolutamente imparciales, científicos u objetivos, y no incorporaran criterios subjetivos ni preferencias de todo tipo.

La cuestión clave, sin embargo, no es esa, sino, como decía, la vinculación o no de las grandes cuestiones y decisiones de país a la cuestión de los valores. Puede suceder –y ojalá me equivoque–que el Plan Nacional de Valores no diga ni pío sobre el proyecto Eurovegas y que, en cambio, a continuación, y como quien no quiere la cosa, realice una ampulosa y nebulosa declaración sobre los valores que los catalanes deberíamos practicar. Esa esquizofrenia tan típica de los países mediterráneos –cuando hablamos de lo que hacemos, no hablamos de valores, y cuando hablamos de valores y nos ponemos estupendos, no hablamos de lo que en realidad hacemos– favorece un modelo de vida personal y colectiva poco creíble, por decirlo de una forma suave. La discusión pública sobre el modelo de buena vida que queremos compartir no debe darnos miedo. Tampoco las discrepancias razonadas y sometidas a procesos de deliberación bien organizados. El hecho de asumir una decisión colectiva en público y después escandalizarse en privado forma parte de ese teatro de las vanidades que entre todos contribuimos a crear. Podemos discutir y decidir juntos sobre cómo queremos interaccionar con el paisaje y el territorio, cómo queremos gestionar la diversidad cultural derivada de la nueva inmigración, qué papel queremos otorgar a la economía productiva o a la economía especulativa, o si queremos apostar por la formación, la investigación y la innovación, o bien por otras formas de creación de riqueza. Todo es posible y nada está determinado. Y tampoco nada es bueno ni malo por sí mismo, sino que depende de las opciones vitales, los principios rectores y los modelos de actuación que elegimos o preferimos en cada caso, y de la evaluación de las consecuencias que se derivarán de ello.

Lo único que nos podemos exigir a nosotros mismos es un mínimo de confianza para discutir como adultos y, después, una cierta coherencia para actuar conforme a nuestras decisiones. Separar la reflexión sobre los valores de las grandes cuestiones de país es favorecer la ceremonia de la confusión y, a la larga, promover una especie de cinismo que algunos, mira por dónde, acabarán por relacionar con el sistema de valores de los catalanes. Impulsar en las organizaciones, en las empresas, en las ciudades y en el país el debate sobre qué valores queremos compartir y cómo estos valores articularán después nuestras prácticas es, seguramente, la forma óptima de proceder en democracias avanzadas. No deberíamos tener miedo a ello.

Àngel Castiñeira

(Artículo publicado en el diario ARA, 15 de abril de 2012)

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